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Los adolescentes de Nueva Palmira no se sienten parte de la ciudad. Y no es una impresión: es un diagnóstico que se construye todos los días, en cada decisión que se toma sin preguntarles, en cada espacio que se les niega, en cada estigma que se les pega como una etiqueta que no pidieron.
Cuando una ciudad decide que los jóvenes son un problema, los jóvenes terminan siendo el problema. No porque lo sean, sino porque la ciudad los trata como si lo fueran.
Constantemente se registran casos trágicos vinculados a la salud mental, en gente joven y no tan joven. Y no son accidentes, sino finales de una cadena que nadie quiso ver: exclusión, silencio, ausencia de herramientas, soledad.
Pero Nueva Palmira no es solo esto. Es también el único liceo de la ciudad, pensado para 400 estudiantes y con más de 700, donde las clases se dictan en patios porque no hay lugar, donde los adolescentes aprenden que sus necesidades pueden esperar. Es la rambla y las vueltas en moto como única opción de esparcimiento. Es el fútbol infantil donde los adultos gritan como si los niños fueran animales en un redil. Es la ausencia de espacios de participación, de centros de estudiantes, de lugares donde los jóvenes puedan ser escuchados.
Y es también el hogar AUPI, cerrado después de 35 años de funcionamiento, con 23 niños en el medio, con denuncias de maltrato que datan de 2017, pero que al momento de atender esta situación se afrontó la situación desde una mirada totalmente adulta y tomando a las infancias vinculadas como rehenes.
En su momento se utilizó al palabra “adultocéntrica”, que describe perfectamente lo que pasa en Nueva Palmira: los adultos deciden, los adultos discuten, los adultos se enojan, los adultos señalan. Los jóvenes, mientras tanto, miran. O no miran. O ya aprendieron que no vale la pena mirar.
Mientras tanto, el Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU) calificó a Nueva Palmira como "zona roja": La ciudad es considerada de alto riesgo para la infancia y la adolescencia. No es una opinión, es una constatación oficial. Y sin embargo, la respuesta no fue más presencia, más recursos, más prevención. La respuesta fue cerrar el hogar y trasladar a los niños. Como si el problema fuera el lugar y no lo que le pasa a la gente que vive en él.
Pero el adultocentrismo no es solo lo que las autoridades hacen o dejan de hacer. Es también lo que la comunidad naturaliza. Cuando los vecinos dicen "esto siempre fue así", están diciendo que no hay responsabilidad, que no hay solución, que no hay por qué enojarse. Y eso es exactamente lo que el sistema necesita para seguir existiendo: que nadie se pregunte por qué.
A principios del 2025, el Municipio organizó un evento infantil con publicidad de bebidas alcohólicas. Literalmente, un inflable con forma de caja de vino de una marca en particular, regalando sombrillas y objetos con esa marca. Un evento para niños, con propaganda de alcohol. No fue un error, fue una decisión. Y esa decisión dice mucho de cómo se piensa a la infancia en esta ciudad: como un telón de fondo, como una excusa, como algo que está ahí pero que no merece ser tomado en serio.
Los datos no mienten. Colonia ocupa el primer lugar en cifras de suicidio en Uruguay. En 2024, cada tres días hubo un suicidio de un joven menor de 24 años. En Palmira, los casos de suicidio aumentaron un 7,8% en 2025 respecto a 2024. Y la Secretaria Nacional de Derechos Humanos confirmó que en Nueva Palmira "hay una problemática de Trata y explotación" que data de hace 20 años.
Esto no es un problema de "malos padres" o de "jóvenes problemáticos". Es un problema estructural. Es el resultado de décadas de decisiones tomadas sin preguntar, de espacios que no se construyen, de voces que no se escuchan, de políticas que llegan tarde y mal.
Pero la responsabilidad no es solo del Estado, aunque el Estado (gobernado por el Municipio, la Intendencia, el gobierno nacional) tiene la obligación de hacerse cargo. La responsabilidad también es nuestra. Porque esos jóvenes están siendo criados por todos nosotros. Somos nosotros quienes les damos las herramientas, o no, para ser quienes son.
Si un joven crece en una ciudad donde no se lo escucha, donde no hay espacios para él, donde las decisiones se toman sin preguntarle y donde el único lugar que le ofrecen es el de "molestar" o "ser un problema", ¿qué tipo de adulto creemos que va a ser? ¿Alguien que se sienta parte de la comunidad? ¿Alguien que quiera cuidar la ciudad? ¿O alguien que aprendió que la comunidad no es para él?
A los 18 años, los jóvenes de Nueva Palmira tienen dos opciones: irse a estudiar (quien tiene la motivación y la posibilidad económica) o quedarse a trabajar en el puerto, en trabajos zafrales, con horarios rotativos. Pero hay una tercera opción que nadie quiere nombrar: quedarse y autodestruirse. El consumo problemático, las picadas ilegales en moto, el suicidio. No es "elección": es lo que queda cuando no hay nada más.
La ciudad que no escucha a sus jóvenes está sembrando su propio futuro. Y cuando esos jóvenes crezcan y se vayan, o se queden y se odien, o se entreguen al dolor, no podremos decir que no sabíamos. Porque lo sabemos. Lo vemos todos los días.
El adultocentrismo no es solo una mala práctica. Es una profecía autocumplida. Y la única manera de romperla es empezar a preguntar, a escuchar, a construir espacios donde los jóvenes no sean "el problema" sino parte de la solución.
Porque si algo no les gusta, hay que ver por qué no les gusta. Y si a usted no le gusta esto, también merece que se vea por qué.
Facundo González Ferraro es periodista

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