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No es solo el músico que cantamos en los actos escolares. Es el artista que le cantó a la infancia cuando nadie lo hacía, que desafió a la dictadura desde el doble sentido, que alertó sobre el mundo que vendría y que, sin querer, construyó gran parte de nuestra identidad. Escucharlo con otros oídos es entender que Rada era un pedazo enorme de todo el Uruguay.
Hay artistas que pasan, y hay artistas que quedan. Ruben Rada, sin dudas, es de los que quedan. Pero a veces, en el cariño popular, corremos el riesgo de reducirlo a una sola dimensión: el músico de las escuelas, el de las canciones que cantamos sin saber bien quién las había escrito. Y Rada es todo eso, sí. Pero también es mucho más.
Rada fue, ante todo, un cronista de su tiempo. Y un profeta del nuestro. Escuchar su obra con otros oídos es descubrir que el tipo venía avisando hace décadas.
En 1971, en pleno gobierno autoritario de Pacheco Areco, cuando la institucionalidad democrática ya crujía y el fantasma del golpe de Estado se cernía sobre Uruguay, Rada cantaba con Tótem:
"Los pensamientos son todos míos, pero mi lengua ya no es tan mía".
"Dedos" era un retrato exacto de lo que se vivía. La censura, el miedo, la sensación de que la palabra ya no era del todo propia. Y esa imagen de la tierra "engripada de hace mil días", esperando sanar, esperando caminar, era una metáfora perfecta de un país enfermo, atrapado en una crisis que terminaría en la dictadura más cruel de nuestra historia. Rada lo vio venir, lo cantó, y lo hizo en un momento donde decir ciertas cosas podía costar caro.
Pero no se detuvo ahí.
En plena dictadura cívico-militar, cuando artistas eran prohibidos, presos y perseguidos, Rada siguió haciendo música. Y lo hizo con una inteligencia brillante: escondió la crítica en la fiesta, el mensaje en el ritmo, la denuncia en el doble sentido. "Blumana" es el ejemplo perfecto. Una canción que suena bailable, festiva, inocente. Pero que dice, entre líneas, "tengo mucho miedo que venga la mana". La cana. La policía. Y el estribillo que parece un aliento: "tocá y cantá tranquilo, que acá no pasa nada". Una ironía genial. Porque todos sabían que sí pasaba. Pero Rada lograba que la censura no supiera por dónde agarrarlo. Eso es arte de resistencia. Eso es genio.
Y después, ya en el año 2000, cuando el mundo parecía haber cambiado y la dictadura era cosa del pasado, Rada lanzó "Quién va a cantar". Y volvió a alertar. Pero esta vez no alertaba sobre un gobierno de turno, sino sobre algo más grande, más profundo, más global. Una canción que parece escrita hoy:
"Cuando se pierda toda la poesía,
cuando la gente solo sobreviva,
cuando el cansancio mate la alegría,
seremos una máquina de trabajar".
El sistema capitalista, la globalización del pensamiento, el trabajo alienante que nos vacía. Rada lo vio venir hace 26 años. Y nos dejó la pregunta que sigue retumbando: "¿Quién va a cantar? ¿Quién va a soñar?". Porque cuando el amor sea lo más urgente, cuando el racismo no tenga pariente, cuando el reparto sea más coherente, tal vez podamos sentirnos orgullosos de la humanidad. Pero mientras tanto, la canción sigue siendo una alerta. Una llamada de atención para un mundo que, en lugar de avanzar hacia eso, parece empeñado en retroceder.
Pero Rada no fue solo el artista de la resistencia y la denuncia. También fue el que puso los derechos de la infancia en el centro de su música cuando nadie lo hacía. En un mundo adultocéntrico que deja a las niñas y los niños en segundo plano, donde muchas veces se les niega hasta la identidad, Rada cantaba: "yo quiero tener un nombre". Y "todos los niños tienen derecho a ser un niño, derecho a tener sus sueños". No lo hizo desde el discurso político ni desde la militancia callejera. Lo hizo desde la música. Y al hacerlo, logró que esas canciones atravesaran generaciones y se instalaran en las escuelas de todo el país, en los actos, en la memoria colectiva.
Rada también fue el tipo que nos dio frases que se nos metieron en el ADN. Ese día de lluvia en el que nos comemos una torta frita y pensamos "siempre que llovió, paró", estamos repitiendo a Rada en nuestro subconsciente. El tipo logró oficializar una torta frita bajo la lluvia como un símbolo nacional. No es poca cosa. Y cuando los niños cantan "Mi País" en los actos escolares, están cantando una canción que nació como publicidad, pero que se convirtió en mucho más: en un himno no oficial, en una declaración de amor a este pedazo de tierra.
Porque Rada, sin proponérselo, construyó gran parte de nuestra identidad. Y no lo hizo desde el folclore acartonado ni desde la nostalgia. Lo hizo desde la fusión más audaz: el candombe con el rock, la murga con el jazz, la plena con el pop. Mostró que lo nuestro podía dialogar con el mundo sin perder su esencia. Y lo hizo con una humildad que desarmaba: cuando volvía a Montevideo, se sentaba en la vereda como cualquier vecino de Villa Muñoz. Era enorme para el mundo y, al mismo tiempo, profundamente de barrio.
Rada pidió que su muerte se festejara bailando plena. Lo dijo en "Morirse de Plena". Porque hasta en la despedida, el tipo reivindicaba la vida, la fiesta, el ritmo. Y nosotros, que lo despedimos con el corazón apretado, podemos hacerle caso. Podemos poner sus canciones y bailar. Pero también podemos hacer algo más: podemos escucharlo con otros oídos. Podemos descubrir al Rada que no conocíamos. Al que cantaba contra la censura cuando era peligroso hacerlo. Al que alertaba sobre el mundo que se venía. Al que defendía los derechos de los niños cuando nadie los defendía.
Rada no es solo el candombero cuyas canciones cantamos en la escuela. Rada es el artista que nos recordó, tamboril por medio, que la música puede ser un acto de justicia. Que puede construir identidad, defender derechos, resistir al poder y celebrar la vida. Todo al mismo tiempo.
Escucharlo con otros oídos es entender eso. Es descubrir que Rada era, en serio, un pedazo enorme de todo el Uruguay.
Gracias, Negro. Por la música, por la lucha, por las alertas, por los sueños, por representarnos. Y sobre todo, gracias por habernos dado tanto sin pedir nada a cambio. Ahora, como pediste, vamos a bailar. Y a seguir escuchándote. Siempre.
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